CUANDO SEAS PADRE...
“Cuando sea madre, mi hijo se adaptará a mi
forma de vida y a mis horarios porque yo no pienso cambiar nada”. Di que sí. Con un par. Esa fue la joyita que
solté cuando me enteré de que estaba embarazada y tenía la intención de educar
a mi hijo de la forma más diametralmente opuesta a como lo habían hecho mis
padres. Y no porque yo estuviese mal educada… ¡qué va!... sino porque mis
padres … pues eso…. eran… padres.
Me pasé la vida pensando que mis padres se habían equivocado en casi
todo. Incluso llegué a decirles que no estaba muy segura de que lo que hacían
fuese por mi propio bien y les repetí quinientas mil veces que seguiría sin
entenderlo cuando yo fuese madre. Y cuando llegó el momento de demostrarles y demostrarme que estaba en lo
cierto, voy y crío a mi hijo del mismo
modo que lo hicieron ellos. ¿Y por qué? Porque es preferible hacerlo como ellos
que aguantar la alegría y el desparpajo con los que la gente opina de todo a su libre
albedrío. ¿Por qué existirá esa especie de inercia irresistible para opinar sin
filtro de todo lo que uno piensa y la mayoría de las veces ni siquiera sabe?
Las suegras, las cuñadas, las amigas, las redes sociales, las dependientas del
súper, la profe de inglés de mi sobrina…
Y claro… cuando una va sin experiencia… tragas y callas. Porque no
sabes. Pero cuando acabas sabiendo, te conviertes en uno de ellos. Sí. En uno
de esos que creen que lo saben todo y que son una molestia para los que
realmente sí lo sabemos todo.
“Mi vida ya no es mi vida” me dije a mi misma treinta y siete semanas más tarde entre lágrimas,
pañales, teta y hormonas revolucionadas. Esa frase bisagra sintetizaba la
nueva etapa que comenzaba en nuestras vidas…. Porque la primera mitad
de nuestra vida nos la estropearon nuestros padres, pero la segunda… nos la joden
los hijos.
Y es cierto. Todo cambia desde el momento en que tu pareja te pregunta en
el paritorio: “¿Y
esto? (“esto”,
en teoría, es su hijo) ¿Hasta
cuándo lo tendremos que aguantar?” Y tú
contestas como si te estuvieses disculpando: “…Como mínimo hasta que cumpla los treinta…”, “Oh…
pues qué bien ¿no?”
Y a partir de ahí es un no parar. Un no parar de discutir, claro. Porque
tu hijo no hace nada bien y no entiende que cuando tú le regañas es por su
bien, porque tratas de educarle.
Los dos primeros años de vida de un hijo son los peores, me decían. Para
las madres, digo. Biberones, pañales, gateos, dientes… ¡los dos primeros años
de la vida de mi hijo estuve sin hacerme la manicura! Como tenía que cogerle en brazos… Para que
luego digan que ser madre no es duro…
Recuerdo una conversación cuando tenía seis añitos (el niño):
-Mamá
¿sabes cuánta pasta cabe en un tubo de pasta de dientes?
-No hijo.
-Pues
desde el baño, por todo el pasillo, alrededor del sillón grande, hasta la terraza
y vuelta al baño.
-¡Madre mía!
Pero… ¡¿qué has hecho?! A ver… ¿qué se dice cuando has hecho algo mal?
-Yo
no he sido.
-Ay hijo… ¡¿cómo se puede ser tan malo?!
-Las
reclamaciones al fabricante.
¡Con seis años! Miedo me daba verle cumplir más.
Pero los cumplió …y cuando los hijos crecen… ¿qué? ¡Que tienen salidas
para todo! Un día me enfadé con él porque iba descalzo por casa y fue el tío y
me contestó: “O
sea que hay niñas que con catorce años se quedan embarazadas y niños que con
trece fuman, y tú me regañas por si te araño la tarima con los calcetines ¿no?” ¡Hale! Otro que me cierra la boca, porque su
parte de razón tenía ¿eh?
Bueno y ¿a la hora de que te ayude en casa? ¡Qué mínimo que se encargue
de su habitación! ¿no? Pues por lo visto, no. Recuerdo cuando le decía: “Cielo,
recoge tu cuarto que vienen visitas” y él, todo chulo me contestaba: “¿Y
qué pasa? ¿Qué la reunión es en mi cuarto?” En su cuarto decía… ¡en la leonera! diría yo; que otro día me
puse a colocar sus cosas y encontré una nueva entrada a Narnia. Y es que no entendía
que el orden de su cuarto no alteraba el producto…. ¡me alteraba a mí! Y encima
me regañaba: “¡Mamá!
Cada vez que me ordenas el cuarto me lo descolocas todo”. ¿No es para flipar?
Total, que al final tuve que amenazarle por las buenas: “Cielo,
esta semana cambiaremos todos los días la clave del WIFI. Para conseguir la
contraseña, deberás recoger tu habitación, poner el lavavajillas y bajar la
basura”. “¡Que se joda!”, pensé yo, que siempre acaba dejando para mañana
lo que ayer había dejado para hoy.
Claro que luego le miraba y me daba una penita… porque le veía
deprimido. Es que la adolescencia es una etapa muy difícil y es normal que los
chavales pierdan las ganas de todo cuando algo que les gustaba se convierte en
moda y nadie se acuerda de que a ellos les gustaba de antes, o cuando Miley
Cyrus hace algo que no les gusta, o cuando pierden un follower o Miley Cyrus no
hace algo que les gustaría que hiciesen…
En fin… que los niños dejan la infancia cuando se van de casa, pero los
padres seguimos siendo padres de por vida y esto no cambia cuando se
independizan. Os lo digo yo. Una amiga me dijo: “Mira, la mejor manera
de tener una relación perfecta con tus hijos reside en no vivir bajo el mismo
techo”. No. Si ahora no
viviremos en la misma casa, pero nos vemos más que antes. Que cuando no lo
tengo en casa comiendo, viene a por los dichosos tupper. Que, mira… yo puedo
prestarle todo el dinero que necesite y no hace falta que me lo devuelva… por
favor… ¿cómo iba a pedírselo?... ¡Si es mi hijo! Pero lo que no soporto es que
se lleve los tupper… ¡y no me los
devuelva! O que me los traiga sin tapa. La verdad no sé si mi hijo se ha vuelto tan
creyente que cree que los tupper se multiplicarán como los panes o los peces
solo habiendo uno en casa.
Pero se me ha ocurrido una idea para vengarme de todos los años que
hemos pasado sacrificados por él. Cada vez que salga con sus amigos, o que
quiera ir al cine, a cenar o al bingo… (bueno en su caso será al paintball) voy
a perseguirle; no me pienso separar de él. Me convertiré en su sombra. ¿No me
he pasado yo miles de noches sin dormir por su culpa? Pues ha llegado el
momento de hacérselo pagar.
Es curioso como al final, aunque no queramos, acabamos convertidos en
nuestros padres y es ley de vida que nuestros hijos acabarán siendo nosotros.
Algún día. Digo yo.
¿Y tú? ¿Te acuerdas
cuando de pequeño soñabas con ser grande para hacer lo que quisieras? ¿Qué?
¿Cómo vas con eso?
Y ya sabes… sea el día que sea… ¡que pases un feliz fin de semana!



Pues cómo lo voy a llevar? A veces mi madre me hace sentir como si tuviera cuatro años, hija llama al tío para ver que tal está, deberías hacer esto, lo otro....y yo, mamá tengo 58 años..puedo decidir por mi misma?
ResponderEliminar