TATUAJES


Es posible que… así como por casualidad… conozcas a alguien que tenga un tatuaje o puede que incluso tú mismo luzcas uno de ellos ¿no? Aunque, para ser sinceros, he de decir que es bastante complicado encontrar a alguien de menos de… ¿cuarenta?... ¿treinta? años que no tenga uno ¿verdad? Y para ser justos, también tenemos que admitir que todos hemos tenido un primer tatoo en la espalda. Con forma de chancla. Nos lo hacía nuestra madre, pero ese sólo duraba diez días.
Bien, todos sabemos qué es un tatuaje, cómo se hacen o las tipologías que existen de ellos; sin embargo, muy pocos conocen en profundidad su historia o algunas de sus curiosidades y características más peculiares. Pues yo voy a intentar desvelaros algunos de estos secretos. ¡Ahí van!
Antiguamente, las tribus primitivas se marcaban la piel para amedrentar al enemigo, porque pintarse el cuerpo siempre fue símbolo de agresividad guerrera.
Y eso, ha llegado a nuestros tiempos: España, cuanto más pobre, más tiende al tatuaje, como un modo de levantar cabeza de una clase social de economía precaria que reclama anarquía y que desafía a las instituciones. Atrapados por un sistema capitalista que odian, pero ambicionan, los jóvenes se tatúan como signo de lucha, aunque saben que no le harán ni cosquillas al sistema. Sin trabajo, sin derechos, sin oportunidades, su autoestima se ensalza con los tatuajes… que, evidentemente, pagan sus padres.
Si perteneces a ese 10% de españoles que lleva algún tatuaje sobre su piel, estás de enhorabuena. Y es que un estudio realizado por un equipo de científicos polacos, acaba de desvelar que las personas tatuadas resultan más atractivas. Un cuerpo tatuado en los hombres es signo de virilidad y en las mujeres de independencia. Suele verse el tatuaje como un buen complemento a músculos pasados por el gimnasio. El tatuaje hace juego con el aspecto desafiante, con las barbas, las coletas, los pendientes y demás zarandajas.
Así que si eres de los que no ligan... hazte un tatoo. (Pero, si tienes una cuenta con muchos ceros... puedes olvidarte de la tinta)
Pero, ¿alguna vez te has preguntado por qué las personas se tatúan?
Según un reciente estudio de la Universidad de Wichita:
-Un 44% de la población, lo hace para sentirse diferente, aunque luego todos lleven casi el mismo tatoo, pero ahí no voy a entrar.
-El 33% se lo hace como decoración: florecitas, un icono en el muslo o en la tripita, en el cuello… y no por ello carece el tatuaje de un regusto a individualidad, aunque se limiten a exhibir el propio nombre o una extraña grafía céltica sobre el culete (que digo yo… ¿cuándo has estudiado tú el idioma celta para saber si ahí pone tu nombre?).
-el 27% los utiliza como una manera de revivir un sentimiento a través del tiempo; es decir, que, si tienes un mal día, por ejemplo, sólo tienes que recordar que hay personas que tienen tatuado el nombre de su ex y ya verás cómo tu problema no te parece tan grave.
-y el 1% restante lo componen los dudosos. Son los que tienen la siguiente conversación en el estudio:
TATUADOR: ¿Qué dibujo quieres?
1% RESTANTE: No sé.
TATUADOR: Tiene que ser algo que te vaya a gustar toda la vida.
1% RESTANTE: ¡Ah, vale! Entonces tatúame unas croquetas.
¿Por qué se percibe a las personas tatuadas como más fuertes y dominantes?
El dolor tiene mucho que ver en esta ecuación. Hacerse un tatuaje implica siempre algún tipo de… molestia  ¡¿Molestia?!
Os voy a contar mi primera experiencia con los tatuajes (con los de verdad): “Era un día de abril, estaba lloviendo, el cielo era una nube gris y de nuevo, estaba en casa hojeándome un… ¡uy cómo se me va la olla!... perdón, sigo: el caso es que yo tengo fobia a las agujas, pero mi hermana, que tiene más miedo que yo, llegó un día a casa con un tatuaje monísimo y yo pensé que si ella lo había conseguido, yo no podía ser menos… Así que nos fuimos las dos juntitas a… un sitio de esos. Hasta ahí bien: yo ya tenía elegido lo que quería tatuarme y en algo menos de una hora y tras ciento veinte eurazos, tendría mi tatoo. Resumiendo: yo agarraba la mano de mi hermana con fuerza y apretaba los dientes para no emitir ni un triste gemido. El tatuador que vio mi estado (el de ese momento, no el de whatsapp), paró un segundo y me dijo: Mira, yo entiendo que esto duele, así que, si quieres quejarte, estás en tu derecho. Respiré y di rienda suelta a mis lamentos, de tal forma que el pobre hombre volvió a parar para decirme: Oye bonita, que esto te lo estás haciendo porque te da la gana. Que nadie te obliga. A lo que yo contesté: Tienes razón, así que no sigas”. Y dejé el dibujo a medio hacer.
Lo peor de esa experiencia ha sido lo pesada que se ha puesto la gente preguntándome a todas horas qué narices tengo tatuado, lo cual ha derivado en que, por fin, tras diecisiete años, haya decidido terminarlo. Pero lo importante es que, inconscientemente, percibimos a aquel que se ha atrevido a tatuarse como alguien con un tipo de fortaleza capaz de soportarlo y una alta autoestima.  O sea… yo. ¡Yo!... ¡Fuerte!... Qué gracioso ¿verdad?
Para finalizar este post, os comento la última tendencia en tatuajes: tatuarse información sanitaria necesaria para casos de emergencia. Que ya me imagino a mi abuela tatuándose la lista de las medicinas (sintrón, omeoprazol, furosemida, paracetamol, bencidamina y mil cosas más) en las tetas, por dos razones. Una: son enormes y puede escribir por las dos caras y dos: todo lo que se pierde, aparece entre las tetas de mi abuela, así que… ¿qué mejor lugar?
Y para los que se hayan hecho un tatuaje y estén cansados o arrepentidos (que seremos la mayoría, con el paso del tiempo) el láser no es la única técnica de eliminación de un tatuaje. Existen técnicas de electrocoagulación, criocirugía o dermoabrasión para poder borrarlos. La única contraindicación es que todas ellas dejan dos cicatrices bastante visible sobre la piel. Una, por el propio tatuaje y dos, por la hostia que te mete tu padre después de hacerle pagar por el tatoo y después por el destatoo.


Y ya sabes… sea el día que sea… ¡que pases un feliz fin de semana!


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